Un jardín, tres recuerdos y ciertas fantasías

Jesús Román 

Un jardín es un mundo domesticado. En su interior se tejen, sin embargo, experiencias indecibles, secretos innombrables que retornan y que dibujan el porvenir. Entrar en el jardín azul es entrar en ese secreto; ingresar en un tono afectivo al mismo tiempo siniestro y brillante que no tiene explicaciones claras, sino que se estructura, más bien, mediante estrategias oblicuas que rodean algo que no termina de formarse. Un jardín, tres recuerdos y ciertas fantasías de Jesús Román parece articularse mediante cuatro estrategias oblicuas.


Primero, la visualidad como escena. En el azul profundo donde el abismo acuoso y el firmamento se confunden, la percepción depende del ambiente sensible: tejidos horizontales flotantes, formas verticales y pesadas, pinturas caídas, reposan en una delicada suspensión trastornada por la luz, los colores, el sonido, los cuerpos y el desplazamiento. No estamos ante la imagen, sino dentro de ella.


Segundo, el imaginario micrológico. El mundo está contenido en el adorno plástico: objetos creados con materiales no preciosos. En esos objetos insignificantes e ilusorios fulgura la realidad. Nada es substancia. Todo es multiplicidad, relación y apariencia.

El cuerpo no está aislado. Se sitúa en la intersección de diferentes fuerzas y conexiones; parasita inmerso en un paisaje anorgánico que entrelaza lo vivo y lo inerte. El recuerdo no es una forma consistente; es un tejido agujereado que se configura mediante partículas, constelaciones e hilos. El pensamiento no se identifica con el concepto; es un entuerto, un virus, un artefacto híbrido, es fibra o micelio.

Tercero, la mixtura material. Al ingresar en el jardín, el espacio parece organizado por volúmenes y sonidos de distinta densidad continua. Pero es preciso acercarse y captar la cosa en función de su tejido y de sus pliegues. Captar en las formas la vibración de la materia.

El jardín parpadea en todas partes a ritmos diferentes. El corazón de la realidad es una mixtura. Cada forma y sonido es una ramificación colectiva donde se entrelazan distintos elementos - orgánicos e inorgánicos - que no están simplemente reunidos, sino pictóricamente compuestos.

Es el devenir membrana de la pintura.



Cuarto, la experiencia del intervalo. Algo ha ocurrido, y, sin embargo, permanece inconcluso. Algo va a suceder y, sin embargo, no termina de aparecer.


Quizás es esta dinámica suspensiva lo que relaciona todas las estrategias oblicuas de la instalación Un jardín, tres recuerdos y ciertas fantasías.

Complejas y delicadas, todas las obras son arrastradas virtualmente por el peso temporal de su manufactura y elaboración, que es posible calcular y medir. Pero ese tiempo mensurable esconde un tiempo sustraído del orden cronológico. Un tiempo sin secuencia. Envueltas en un ambiente azul, las obras que articulan Un jardín, tres recuerdos y ciertas fantasías persisten en una latencia entre lo inconcluso y lo inminente.

En cada obra se sedimenta la repetición de una hechura minuciosa, a la vez que el intervalo latente del inconsciente: el retraso del cuerpo respecto del secreto indecible que lo atraviesa y que lo constituye.



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